De repente, todo lo vivido en seis años se te viene encima. Toda la alteración vivida, todos los momentos sucedidos.. todo ello, se posa sobre tu cabeza, como las hojas en otoño. Y piensas en la cantidad de cosas que te han ocurrido, en lo mucho que has cambiado desde entonces.
Miras al infinito y súbitamente tienes la extraña, pero también agradable, sensación de que, prácticamente, ya te ha sucedido todo. Piensas en las amistades, en los amores, en los viajes que te enseñaron. En cómo lo desconocido se te convirtió en conocido. En todo aquello que aprendiste y que, ahora, ya has aprehendido. En esas mil historias que tienes para contar en casi todos los ámbitos.
Y te alegras de que esto sea así y de que tú seas así. De haber tenido la capacidad para saborear hasta el último instante cada cosa, de haber podido asimilar todo, despedazarlo y reflexionarlo.
Asumes felizmente esta tranquilidad que te otorga lo vivido, aquello que ahora se ha convertido en tu presente y, sobretodo, en cómo eres. De forma satisfecha y serena te alegras al ver cómo se ha forjado tu persona. Observas feliz la cosas, en paz. Y, de vez en cuando, se torna una pequeña sonrisa en la boca cuando haces memoria de un pedacito de tu historia.
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